El Espíritu Santo y la Deidad

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Updated: February 11, 2013
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El Espíritu Santo y la Deidad

 

(Por: Ángel Manuel Rodríguez)

 

Algunas personas sostienen que el Espíritu Santo no es una persona y que no pertenece a la Deidad. ¿Es esto verdad?

 

Algunos adventistas han descu­bierto que prácticamente todos nuestros pioneros eran antitrinitarios, y han llegado a la conclusión de que, en vista de eso, la iglesia de hoy debería rechazar la doctrina de la Trinidad. Al tratar este tema, debemos recordar que el Señor guió al movi­miento adventista gradualmente hacia una mayor comprensión bíblica acerca de la naturaleza de Dios. Hoy, funda­mentados en su Palabra, afirmamos la verdad de un único Dios en la plurali­dad de tres Personas divinas. Menciono aquí algunos de los fundamentos bíbli­cos:

 

1. El Espíritu como poder. La opi­nión de que el Espíritu no es una per­sona se basa parcialmente en el hecho de que frecuentemente se lo describe como un poder que vino de Dios, derramándose poderosamente sobre las personas y capacitándolas para realizar ciertas tareas. (Ejemplos: Juec. 3:10; Hech. 2:4.) Además, la palabra griega para el término “espíritu” (pnewna) es neutra, permitiéndonos usarla con minúscula y favoreciendo la idea de que él no es una persona; pero eso es un fenómeno de la gramática griega que no tiene necesariamente ningún significado teológico.

 

2. El Espíritu y Jesús. Con la venida de jesús, nuestra comprensión de la Deidad se enriqueció enormemente.

Porque jesús era Dios en carne humana (Juan 1:1; 20:28; Tito 2:13), era distinto del Padre (Mal. 3:17) y, al mismo tiempo, era uno con él (Juan 14:10), sus seguido res comenzaron a percibir que había, en el misterio de Dios, una pluralidad de personas. El misterio aumentó cuando Jesús describió al Espíritu no como un objeto sino como una Persona, que ocuparía su lugar en la experiencia de los discípulos: “Y yo (Jesús) rogaré al Padre, y os dará otro Consolador [...] el Espíritu de verdad” (Juan 14: 16, 17).

 

Jesús introdujo a sus discípulos en el misterio de una Deidad que consistía en tres personas diferenciadas: Jesús, el Padre y el Consolador/Espíritu. En este pasaje en particular, el Espíritu no aparece descrito como un poder imper­sonal, sino como una persona. Jesús se refiere a él como “otro (allos, en el grie­go) Consolador”; alguien que intercede por otra persona. Se lo llama “otro” porque jesús es también un Consolador (Juan 2:1). Solo un ser que es perso­na puede actuar como consolador.

 

Pero, hay algo más. Si el Espíritu iba a continuar en la gente la [unción de jesús como consolador, entonces debía tener la misma naturaleza que jesús tenía; es decir, tenía que ser divi­no. jesús dijo que "ningún otro (allos)" podía hacer la obra que él hizo (Juan 15:24); pero aclara que hay alguien que, como él, será un nuevo consola­dor. Cuando jesús se refiere al Espíritu como Consolador, usando el pronom­bre masculino singular (él), está iden­tificándolo como una persona: "Él dará testimonio acerca de mí" (Juan 15:26). Por lo tanto, el Espíritu Santo es divino y es persona.

 

3. Los apóstoles y el Espíritu. Es cierto que cuando los discípulos reci­bieron el Espíritu Santo, lo sintieron como un poder derramado sobre ellos por Dios (Hech. 2:23); pero también lo reconocieron como la Persona divina que jesús les había prometido.

 

Por ejemplo: en el relato de! episo­dio de Ananías y Safira, encontramos una clara demostración de la com­prensión que tenían los discípulos en cuanto a la naturaleza del Espíritu. Pedro confrontó a la pareja culpada con su pecado, al decirles: "¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo [...]? No has menti­do a los hombres, sino a Dios” (Hech. 5:3,4). Aquí tenemos dos importantes informaciones. Primera: el Espíritu es una persona, porque solamente pode­mos mentirles a las personas, no a las cosas. Segunda: él es divino, porque mentir a él equivale a mentir a Dios.

 

En el Nuevo Testamento encon­tramos claras evidencias de que los apóstoles creían que el Espíritu era una persona en paridad con el Padre y el Hijo. Ellos sabían que el Espíritu Santo habla (Hech. 21:11); ejerce su voluntad (Hech. 16:6); envía mensajeros (1 Col. 12:11); intercede (Rom. 8:26, 34); pro­mueve alegría (Rom. 14: 17); etc. Todas esas son características de las personas que nos permiten referimos definitiva­mente al Espíritu como tal. Al mencio­narlo en conjunción con el Padre y ron el Hijo, los escritores bíblicos estaban testificando respecto de la unidad de las tres Personas (2 Cor. 13: 14; 1:21, 22; Rom. 15:30; Ele. 2:18; 1 Pedo 1:2; Apoc. 1:4,5). Como iglesia, sencilla­mente proclamamos la clara enseñanza bíblica sin tratar de explicar el misterio de la unidad de Dios.

 

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- Ángel Manuel Rodríguez, es doctor en Teología y director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General.

- Publicado por la Revista Adventista, Noviembre del 2005.

 

 

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